Somos personas adultas. Personas con sueños, con sentimientos, con ilusiones y con una voz que quiere ser escuchada. Somos amables, cariñosos, simpáticos, graciosos y, sobre todo, buenas personas. Nos gusta ayudar, acompañar, consolar y compartir. Nos sentimos orgullosos de lo que somos y de lo que hacemos, bailar, practicar deporte, jugar a los bolos, estar con otras personas y demostrar cada día que somos capaces de mucho más de lo que muchas veces la sociedad imagina.
Hoy queremos hablarle directamente a la sociedad y también a las familias. Queremos hacerlo desde el corazón, porque durante mucho tiempo otros han hablado por nosotros. Hoy queremos decirlo claro: queremos que nos traten con respeto, como a cualquier otra persona adulta.
El respeto empieza en las cosas pequeñas: que nos miren a la cara cuando nos hablan, que nos llamen por nuestro nombre, que nos expliquen las cosas con calma y con palabras que podamos entender. Respeto es hablarnos bien, con educación y cariño. Pero también es algo muy importante: no hablarnos como si fuéramos niños. Porque no lo somos. Somos adultos y queremos que se nos trate como adultos.
Queremos decidir sobre nuestra propia vida. Decidir con quién quedamos, qué hacemos en nuestro tiempo libre, cómo queremos vivir. Cuando deciden por nosotros sin preguntarnos, cuando no nos escuchan, nos sentimos tristes, enfadados y pequeños. Y no queremos sentirnos así. Queremos participar, opinar y equivocarnos también, porque equivocarse forma parte de la vida y de aprender.
La forma en la que se nos da la información puede marcar la diferencia. El lenguaje fácil, las explicaciones claras, los dibujos, las letras grandes y el tiempo para entender nos ayudan a sentirnos seguros. La accesibilidad cognitiva no es un privilegio: es un derecho. Y no solo nos beneficia a nosotros, hace que el mundo sea más comprensible y más humano para todas las personas.
Para nosotros, el buen trato significa que se confíe en nosotros. Que cuando hay un problema se hable con respeto, como personas adultas, sin gritos ni imposiciones. Significa que se nos dé espacio, que se nos escuche y que se tenga en cuenta lo que sentimos. Cuando nos tratan bien nos sentimos felices, tranquilos y con ganas de participar. Cuando no, duele. Duele porque todos merecemos dignidad.
Soñamos con una sociedad más inclusiva. Una sociedad sin discriminación, donde las calles, los espacios y los servicios estén adaptados, pero sobre todo donde estén adaptadas las miradas. Queremos que confíen en nosotros, que crean en nuestras capacidades, que entiendan que podemos aprender, trabajar, amar y tomar decisiones.
Queremos poder vivir con una pareja, con amigos, elegir nuestro camino y construir nuestra propia vida. No queremos que nos protejan quitándonos oportunidades. Queremos apoyo, acompañamiento y confianza.
A la sociedad y a las familias les pedimos algo muy sencillo y muy grande a la vez: respeto, confianza y cercanía. Que entiendan que la diferencia no empobrece, sino que enriquece. Que nos miren como personas, no como etiquetas. Nuestra voz cuenta. Nuestros sentimientos importan. Y queremos formar parte activa de la comunidad, con derechos, con responsabilidades y con el mismo valor que cualquier otra persona.

